Hay una pregunta que el naranja hace con mucha curiosidad y sin ningún juicio: ¿qué disfrutas sin filtro?
No felicidad. No logros. No productividad. Disfrute auténtico. Ese placer genuino y espontáneo que sientes en el cuerpo antes de que la mente lo analice o lo justifique.
Cuando me hago esa pregunta, lo que aparece no es una sola imagen sino muchas. Estoy pintando. Estoy diseñando. Estoy dando un taller y siento que la conversación podría ser infinita. Estoy caminando por un sendero, montando en bicicleta despacio disfrutando del paisaje y los sonidos, tomando fotos. Estoy nadando y mientras avanzo veo cómo las luces se reflejan en el fondo de la piscina formando figuras que cambian con cada movimiento. Estoy con personas que vibran en la misma energía de aprender, de co-crear, de construir juntos.
En todos esos momentos pasa algo que reconozco cada vez con más claridad: las preocupaciones desaparecen. El estrés desaparece. El afán desaparece. El tiempo vuela, muchas horas pasan como si fueran solo una. Y aunque al final pueda haber cansancio físico, energéticamente crezco. Me recargo. Mi energía se expande en lugar de agotarse.
Esa es la firma del disfrute genuino. No me deja vacío, me llena.
Pero no siempre tuve acceso libre a eso.
Y para entenderlo tengo que ir más atrás de mí. A mi abuelita.
A ella le gustaba dibujar. Tenía un cuaderno de dibujos. Pero una de sus hermanas le dijo alguna vez que ella no podía estar en esas cosas y el cuaderno quedó guardado, la creatividad contenida. Aun así, yo la recuerdo de niña haciéndome dibujos. Un patico. Unos pollitos. Pequeños, tiernos, secretos. Como si el gozo de crear nunca se hubiera ido del todo, solo aprendió a caber en espacios más pequeños.
Mi mamá lo heredó a su manera. No me dio clases formales de arte, pero había momentos que compartíamos donde ella me mostraba cómo usaba los materiales, marcando los límites de cada forma con cuidado, luego coloreando parejo el interior, en circulitos pulidos como decía mientras coloreaba. Y lo que más me marcó fue verla bocetar los diseños de sus jardines. Con lápices de colores, o con un lapicero negro y luego color para enfatizar los arbustos, las flores, cómo se vería ese mapa de colores materializado en la tierra. Fluía en ella con una naturalidad que yo miraba sin saber que estaba aprendiendo.
Hoy su influencia vive en mis ilustraciones. A veces hago líneas muy rápidas, muy esquemáticas — inspiradas en esa forma de bocetar que le vi a ella — y los resultados me encantan. Lo uso especialmente cuando trabajo con lápiz o con el iPad y el lápiz digital. Es su herencia en mis manos sin que hayamos hablado de eso nunca.
Yo también tuve mis interrupciones. Nadé hasta los trece años en el Club Manizales, ese disfrute del agua, el movimiento, las luces en el fondo de la piscina, hasta que la junta directiva recortó la piscina a la mitad para poner más mesas en el restaurante (sigo sin entenderlos). Las clases de pintura y manualidades llegaron de manera episódica: técnica de brocha seca sobre cerámica con Lucía, una prima de mi abuelita. Repujado con mi tía Helia. Momentos aislados que disfrutaba enormemente pero que no tenían continuidad.
Y hubo algo más que interrumpió mi autenticidad durante años. En el colegio fui etiquetada por mis intereses, los temas energéticos, las vidas pasadas, la espiritualidad, la quiromancia. La presión social me enseñó que ciertos temas no eran bienvenidos. Y los guardé. Los abandoné por muchos años mientras intentaba hacer lo que se suponía para encajar y no lo que quería.
Hoy esa etiqueta la reivindico con orgullo.
Bruja. Sí. La mujer que usa los ciclos de la luna, las hierbas para hacer infusiones, la intuición puesta al servicio propio y al de los demás. La que conecta con la energía del color, con la magia del fuego en la cocina que transforma los alimentos, con la creatividad como acto sagrado. Eso es lo que llamo ser una bruja, y me encanta, la verdad, aprendí con esto que cada quien le da el valor y significado a las etiquetas. Lo uso para mí misma. Y es algo que les enseño a mis hijos: sean auténticos. No intenten encajar. Disfruten de sus dones, de sus talentos. No permitan que la opinión de otros los desenfoque de lo que realmente les apasiona y les eleva la energía. No pierdan eso nunca.
Mi disfrute creativo no llegó como un chispazo. Fue acumulándose en capas, como mis propias obras.
En 2001 entré a estudiar diseño gráfico. En 2003, diseño visual. Ahí encontré por primera vez un lugar donde toda mi energía, mis ideas y mi creatividad podían fluir con dirección y con forma. En 2013 tomé mis primeras clases formales de pintura en acrílico. En 2016 el acrílico se convirtió en una de mis técnicas principales — y desde ahí arrancó con toda la fuerza la parte artística. Arte digital, lienzos intervenidos, ilustración mezclada con acuarela y fotografía. A veces varias técnicas en una sola obra. A veces una sola técnica llevada al límite.
Esa evolución me dice algo sobre mí: soy curiosa, atrevida, y me muevo por fuera de los patrones normales. No me quedo en una sola técnica porque no me interesa encajar en una sola forma de crear. El disfrutar para mí vive en la exploración, no en la repetición.
Mi abuelita aprendió a caber en espacios pequeños para no perder lo que disfrutaba. Mi mamá lo expresó en jardines y en momentos compartidos. Yo lo expando, lo mezclo, lo enseño, lo comparto.
Eso también es un linaje.
El naranja te pregunta: ¿qué disfrutas sin filtro? No lo que debería darte placer. No lo que le da disfrute a los demás. Lo tuyo. Lo que hace que el tiempo vuele y la energía crezca en lugar de agotarse.
Y te pregunta también: ¿hay algo que disfrutabas y que dejaste guardado porque alguien te dijo, de una manera u otra, que no era para ti?
Porque ese deseo de hacer sin filtros sigue ahí. Esperando que lo reclames.