Mi poder personal: me expande o me contrae

El amarillo pregunta: ¿desde dónde tomas tus decisiones? ¿Desde tu centro — o desde lo que otros esperan de ti?

No es una pregunta fácil. Porque muchas veces no sabemos la respuesta hasta que el cuerpo la expresa.

Yo sé cuándo estoy en mi poder. Lo reconozco porque se siente en el cuerpo de una manera muy específica como expansión, como claridad, como luz. Ocurre cuando materializo una idea que venía guardando. Cuando transformo un espacio y siento que me pertenece. Cuando lo que creo genera ingresos y esos ingresos me permiten tomar decisiones propias, ahorrar, elegir sin depender de que otros me provean. Cuando lidero un espacio, cuando reúno a mi familia, cuando siento que lo que estoy haciendo es exactamente lo que vine a hacer.

En esos momentos el amarillo se enciende. Y lo reconozco porque su ausencia también se siente y se siente muy distinto.

Cuando dependo de otros para tomar decisiones, para hacer elecciones, para moverme el cuerpo lo registra antes que cualquier pensamiento. Se siente en el estómago. A veces como inflamación. A veces como vacío. A veces como un quemonazo. Se siente como miedo, como ansiedad, como una gran incomodidad. Como asfixia. Como tristeza. Como si la luz se apagara y el espacio se volviera más oscuro.

Eso es mi poder personal bloqueado. Y no hay manera de confundirlo con otra cosa.

Tenía dieciocho años cuando decidí presentarme a estudiar Diseño Visual en la Universidad de Caldas en Manizales. Fui, compré el formulario, lo llené y me presenté. Sin avisarle a mis papás. Sin pedirle permiso a nadie. No fue rebeldía fue una certeza. Algo en mí sabía que ese era el camino y no necesitaba validación externa para dar el paso. Ese momento lo recuerdo como uno de los mayores actos de empoderamiento de mi vida. No por lo que logré después sino por la decisión en sí misma. Por haberla tomado desde adentro.

Años después, en Bogotá, conocí a Andrés. Tres días después de conocerlo llamé a mi mamá y le dije que había conocido al papá de mis hijos. Me dijo que estaba loca. Que cómo se me ocurría decir eso. Que me devolviera a Manizales. Era miércoles. Le dije que no que me quedaba hasta el fin de semana.

Un año y un mes después de habernos conocido, con veintitrés años y el con 27, nos casamos. A pesar de lo que la gente pensara, dijera, aprobara o no. Elegí mi sentir. Elegí mi guía interior. No lo que se suponía que debía hacer, no lo que los otros opinaban.

Hoy Andrés es el papá de mis hijos, mi compañero de vida, mi cómplice de aventuras, acabamos de celebrar 19 años de matrimonio. La relación no siempre ha sido perfecta pero hemos encontrado la manera de resolverlo, de crecer juntos, de apoyarnos. Ha sido uno de mis grandes maestros y como se lo he dicho en varios momentos mi ángel de la guarda en la tierra.

Dos decisiones tomadas desde mi sol interno, que me expanden y han iluminado mi vida.

El poder personal no se pide. No se espera. No llega cuando las condiciones son perfectas o cuando todos están de acuerdo. Llega cuando decides confiar en lo que sabes antes de que nadie te lo confirme.

El amarillo te pregunta: ¿cuándo fue la última vez que tomaste una decisión completamente desde ti? ¿Sin consultar, sin validar, sin esperar que alguien te dijera que estaba bien?

Y si hace mucho que no lo haces — ¿qué estás esperando?

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