Cómo nació la sandía

Hay un color que no pide permiso. Que llega antes de que decidas si estás lista. Que es puro instinto, puro arranque, pura raíz. El rojo no pregunta empuja. Y si lo escuchas, te lleva de regreso al primer impulso, al deseo más antiguo, al momento en que algo dentro de ti dijo: esto quiero hacer.

El mío tiene forma de sandía.

Antes de que existiera en el lienzo, existía en mi cabeza. No la copié de nadie. La diseñé primero en Illustrator, cuidando la composición con la regla de los tercios — ese lenguaje que aprendí con mi papá desde la fotografía — la imprimí, me la llevé a clase, y la pinté siguiendo mi propia muestra. Ese fue mi primer cuadro pintado a mano. Y sigue siendo uno de mis favoritos.

Pero antes de llegar ahí, hubo años de deseo contenido. De niña ya quería poner mis poemas y mis dibujos en un libro y venderlos. La respuesta siempre fue la misma: todavía no es el momento, espérate. Ese “todavía no” me acompañó mucho tiempo. No me apagó pero sí aprendí a guardar.

La pintura llegó cuando mi hija Isabella tenía dos años. Llegó porque algo en mí necesitaba un espacio que fuera completamente mío sin ajustes que no me pertenecieran, sin correcciones que vinieran de afuera, sin tener que negociar lo que sentía. Pintar fue, desde el principio, el lugar donde lo que sale es mío.

Y tardé en llamarme artista. Durante mucho tiempo creí que ese nombre le pertenecía solo a quien tenía el diploma de artes plásticas. Con el tiempo entendí que no. Artista es quien usa un medio de expresión para poner su sentir en el mundo, haya estudiado o no una disciplina artística. Porque hay oficios que se aprenden en la academia y otros que se aprenden viviéndolos y los dos tienen el mismo valor. Es mas hoy veo que varios de los artistas que admiro también son de base académica Diseñadores igual que yo.

Hoy cuando alguien me dice “eres una artista increíble”, ya no me cuesta recibirlo y lo agradezco. Lo tengo integrado. Es uno de los roles desde los que me muevo.

Hay obras que no vendo. Mis ilustraciones a mano lápices de colores, micropunta, marcadores sobre acuarela me cuestan mucho soltar. Las muestro, las comparto, las uso como base para otras obras. Pero en su formato original, por ahora, son mías. No todo lo que se crea tiene que salir. Y saber qué guardas es tan importante como saber qué entregas.

Cuando una obra sí sale cuando la entrego, cuando la vendo le agradezco al cliente por abrirme las puertas de su espacio. Porque eso es lo que ocurre: la obra entra a vivir en un lugar, a interactuar con las personas que habitan ese entorno, a elevar la energía de ese espacio.

Lo más hermoso que me han dicho algunos clientes, en momentos distintos, sin conocerse, es casi la misma cosa: que les gusta sentarse frente a la obra y siempre encuentran algo nuevo. Un detalle que no habían visto. Una puerta que no sabían que estaba ahí y que disfrutan estar sentados frente a ella. Esto es total y absoluta presencia.

Eso es exactamente lo que busco. Mis obras son portales. Si te sientas a observarlas con calma, accedes a un mundo que se activa con la imagen pero que en realidad es tu propio mundo interior. La obra solo abre la puerta. Lo que hay adentro, ya estaba en ti.

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