Tenía no más de diez años cuando vi por primera vez a alguien crear de esa manera.
Era en el Centro Comercial Sancancio, en Manizales. Íbamos con mis papás, con mis hermanos, como en cualquier salida familiar de fin de semana. Y de repente, en algún punto del recorrido, algo me detuvo. Un hombre estaba ilustrando en vivo. Se llamaba Óscar Naranjo.
Lo que recuerdo no es el ruido del centro comercial ni las personas que pasaban ni lo que estaban haciendo mis hermanos. Recuerdo la caja de colores Prismacolor en su estuche de madera. Los pinceles. El vaso con agua. El frasco de trementina. Y a Óscar, con una concentración y al mismo tiempo tranquilidad y disfrute que yo nunca había visto tan de cerca en nadie.
Me quedé ahí parada, observándolo, y el resto del mundo dejó de existir.
En algún momento de esa demostración, la trementina se derramó sobre el papel donde estaba ilustrando. Lo que pasó no estaba planeado, pero el no entró en desesperación, tomó con calma un pincel y comenzó a pasarlo por la ilustración hizo más hojas con varios tonos de verdes, los bordes se disolvieron un poco, los límites marcados desaparecieron, los tonos se fundieron en algo que yo no tenía palabras para describir pero que sentí inmediatamente como hermoso. Un accidente que maximizó la obra.
Me llevé ese momento guardado en algún lugar de mí que no sé nombrar con precisión. Lo cargué durante años sin saber que lo estaba cargando.
Fue en la universidad, en la clase de técnicas de expresión gráfica con Gustavo Villa también artista, cuando volví a ese recuerdo. Le pregunté si íbamos a explorar la técnica de los lápices de colores con trementina. Me dijo que eso no era una técnica. Yo le mostré lo que había visto hacer a Óscar, casi sin querer, por accidente. Gustavo me miró y me dijo: si llegaste ahí por accidente, experimenta aunque en este taller no vamos a usarlo como técnica.
Desde ese día la trementina es parte de algunas de mis ilustraciones. La uso al final, cuando ya están las capas de color, cuando ya están las líneas. La aplico y veo cómo los bordes se suavizan, cómo la textura cambia, cómo todo fluye. Luego vuelvo con el micropunta negro y resalto lo que quiero enfatizar.
Eso es lo que el naranja me enseñó sobre el arte: que el placer no es la recompensa al final del proceso. Es el estado en que ocurre el proceso. Cuando estoy ilustrando desde ahí con paciencia, con atención a cada capa, a cada transparencia, a cada línea que se superpone sobre otra el tiempo no existe. El resultado no existe. Solo existe lo que está pasando en ese papel, en ese momento, entre mis manos y los colores.
Y lo que sale desde ese lugar tiene algo que no se puede fabricar de otra manera. Se disfruta porque es libre.