Lo que fluye cuando nadie me evalúa


Hubo una vez que diseñé doce libros para niños y perdí completamente la noción del tiempo.

Era la primera colección de Little Pet Shop cuando llegó a Colombia. Grupo Editorial Norma me había dado el encargo — era diseñadora externa para sus licencias, había trabajado con Hello Kitty, Chococat, Mickey Mouse, con colecciones de hadas. Pero con Little Pet Shop pasó algo diferente.

Me metí. No como quien cumple un encargo sino como quien entra a un mundo y no quiere salir.

Pensaba en los niños cuando fueran a usar cada actividad. Quería que cada sopa de letras fuera hermosa. Que cada personaje quedara en la posición exacta, con la intención exacta, con el color exacto. No estaba corriendo contra un reloj estaba disfrutando cada decisión, cada detalle, cada una de las diez o doce piezas de esa colección.

Lo que no estaba viendo era que en la vida real hay fechas de entrega. Que detrás de esos libros había una campaña, una imprenta, un turno que si se pierde lo toma otro proyecto y las consecuencias se multiplican. Cuando no entregué a tiempo, perdí el contrato. Fin de la relación con Grupo Editorial Norma.

Fue un aprendizaje triste. Y al mismo tiempo fue la confirmación más clara de algo que tardé tiempo en entender del todo: cuando amo lo que estoy haciendo, el tiempo desaparece. No como distracción sino como señal. Como la señal más sincera de que estoy exactamente donde debo estar.

Años después encontré a mis clientes del mundo holístico y volví a sentir eso. Pero esta vez con una dimensión que Little Pet Shop no tenía: la expansión. Porque con estos clientes no solo ocurren diseños, se tejen conversaciones. Durante el proceso de corrección, mientras ajustamos una paleta o redefinimos una tipografía, de repente estamos hablando de algo más profundo. Del propósito detrás de la marca. De lo que quieren transformar. De por qué eligieron este camino.

Esas conversaciones me alimentan. Me recargan de una manera que no ocurre con ningún otro tipo de proyecto.

Lo que me da el diseño cuando fluye de verdad no es solo el resultado visible. Es la certeza de que lo que estoy poniendo en ese trabajo — mi tiempo, mi energía, mi conocimiento, lo que soy — está al servicio de algo en lo que genuinamente creo. Y desde ese lugar el diseño no se siente como un trabajo. Se siente como una forma de expandirme.

Eso es lo que fluye cuando nadie me evalúa. Y es también lo que busco que ocurra siempre, en cada proyecto, con cada cliente. 

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